miércoles, 9 de mayo de 2012

O cómo correr para encontrar un descanso

El mundo entero tiene un extraño color rosa mientras yo me visto de negro en escenarios de teatro inventado. Soy la directora de las peores películas de miedo, incluso he creado el concurso a la mejor interpretación de ideas diabólicas. Soy yo; actriz de reparto y protagonista, segundona y suplente. Creadora de cortos, de largos, de medios, de secretos a gritos, de voces silenciosas, de cavernas y otros mitos. Leyendas oscuras que alimentan, si no cada uno de mis pasos, sí todos los espacios que hay entre ellos. 
Es difícil parar una mente que  se creyó dueña del teatro, la que tiene más aristas que insectos hay en el universo y a la que no le es fácil someterse a ningún criterio selectivo de beneficios para el cuerpo que tiene 'debajo'. Parar. Frenar al menos. Descansar. 
Es un bucle, porque además es ella misma la que busca cosas para frenarse. Es ridículo. Doscientos millones de caballos que, muertos de sed, corren más, y otro poco, y más aun, buscando el oasis. Y cuanto más corren, más sed. Pues algo así. 
Luego está el corazón que nadie sabe dónde habita, se ponen las manos en el pecho, teta izquierda y suburbios del pulmón para mostrar qué parte es la que más duele. Así como si alguien en paro cardíaco no sintiese dolor. O pena. O esa extraña emoción que precede a la muerte cuando te rodean los que te quieren. 
O para qué hablar de las tripas, que se te encogen, que se disfrazan de lapa, de sanguijuela, y te estrujan tanto el diafragma vital que cada respiración viene a ser como buscar el puto salvavidas sin usar que matarías por encontrar la noche en la que se hundió el titanic y Kate Winslet no le dejó ni un trocito de tabla al niñato de Di Caprio. Pff. 
No sé. Ansiedad. Que al fin y al cabo es miedo. Cansancio. Que al fin y al cabo es miedo. Tempestad. Que al fin y al cabo es lo de siempre: La ausencia del objetivo que nunca has logrado desligar del deseo que te hizo buscarlo.


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