jueves, 5 de abril de 2012

Mónica y yo

Fuimos a la misa de la madre de mi amigo, quedé con ella en la puerta, llegué tarde, para variar. Ella no, para no variar. Ella siempre te espera. Me dijo de quedar veinte minutos antes para poder sentarnos, la llamé diciéndole que entrase, que no quería que sus piernas estuviesen rígidas durante una hora sólo porque mi pelo y yo hubiésemos discutido frente al espejo. No, yo te espero aquí en la puerta. Y así fue. Como siempre. 
Nuestras cuatro piernas subidas en tacones de demasiado vértigo para una iglesia aguantaron estoicas los cincuentra y tres minutos y trescientas catorce lágrimas recién paridas. Ella me recuerda a todo eso que ya no está, a la vida de antes, cuando las mujeres se bien peinaban los domingos y estrenaban vestidos de franela el día de todos los santos. Ella es la mujer de los cuadros de arte del siglo dieciséis, es la madre madraza materna. Tiene los mismos años que yo en el carné y el alma embrujada por hadas que ya se fueron. Me llevó, en medio de esa misa cuyos asistentes tal vez no creyesen en el dios que nos miraba desafiante desde esa cruz con florecitas blancas, pero creen en algo más. Creían que la madre muerta de mi amigo Jesús nos estaba viendo allí, llorándole y sonriendo al darnos la fingida paz. Dos mujeres se levantaron a coger la cesta que representa el diezmo, lo que lleves suelto es para ellos, para los que lo necesitan más que tú. Para los que no llegan a final de mes, ni a mediados ni al día uno. Tú al menos llegas al seis. Mi amiga sacó cuatro monedas de su bolsillo, yo ninguna. Y me cogió la mano y me dio dos de sus monedas. Y me llevó a los siete años, cuando mi madre, en la punta del banco de una iglesia, nos daba una moneda para echarla a la misma cesta. Los cinco hermanos participábamos del extraño diezmo, sin saber qué era el diezmo y aprendiendo a fingir que aunque no tengas dinero, siempre puedes dar el de otro. Yo aprendía de la carencia propia y de la generosidad de mi madre. Su modo de decir: lo mío es tuyo y cuando sea un nuestro bailará para ser de ellos. De otros. Mi amiga me dio dos monedas de veinte céntimos y la besé. Sonreí y puse a brillar los ojos. La ternura que la invadía, en su pelo rizado, en sus labios poco pintados, en su chaqueta de punto, en sus ojos marrones buenos, tremendamente buenos, me elevaron. La vida está llena de bonitos gestos. Y a veces da igual el gesto, da igual si crees en el dios de esa horrible cruz, da igual si cuatro días antes, en el bar, criticaste a la iglesia porque invierte el dinero en cuadros con marcos de oro. Me quedé con sus manos dándome en silencio y a escondidas las dos monedas de veinte céntimos para que las echase a una cesta de mimbre color marrón. Fui una niña pequeña que se sentía protegida por mi amiga, amiga a la que no veo casi nunca, con la que no hablo casi nunca, a la que apenas le he dicho te quiero. Me sentí protegida y la quise tanto como quizá ella nunca sepa. O sí. Cuando le envíe este texto por si le sirve para sonreir largo y lento. 

Luego fuera hablamos de tantas cosas que me metió en sus pulmones, lloré con ella y me alegré de estar viva. 
Y nada más. Para qué más. 

2 comentarios:

  1. Las amigas, las de verdad, son un tesoro. A veces no hace falta que digan nada para que sepas lo que sienten por ti. Un beso.

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  2. Un relato donde fluye una primera amistad. Las que pasan y son recuerdos para reencuentros vivos.

    mi abrazo

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