domingo, 25 de septiembre de 2011

En el norte hace mucho frío

Decía que podíamos acostumbrarnos a todo, que nos suele pasar lo de acomodarnos aun en una cama de esas de púas donde no sé qué faquires duermen la mona. Decía que es fácil siempre que haya ganancias derivadas y que aun sabiendo que al otro lado del río la riqueza podría ser inmensa, es más cómodo quedarse quieto que aprender a bailar con la más fea. Pero es que yo no soy fea. Y yo quiero que bailen conmigo todos los días. Pero él seguía prefiriendo la incomodidad a apoyar su cabeza entre mis tetas blancas que, dicho sea de paso, son tan cálidas como el edredón de plumas que tengo que sacar esta semana del armario. Yo lo tengo tan claro que, fíjate lo que te digo, hay noches que me importa más bien poco tirando a cero que él no quiera venirse a dormir a este verano que tengo en los ojos, tengo tanto calor en las manos que hay personas que se derretirían. Y yo no quiero hielitos a mi lado, que para eso ya están los gin tonics del bar de abajo. Yo quiero chimeneas, hogueras, volcanes y un terremoto de vez en cuando. Eso es lo que yo quiero. Y estaba pensando que eso ya lo tengo yo en el mismo sitio que el edredón se encargará de tapar a partir de esta misma semana. 

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