martes, 19 de julio de 2011

Mínimo instante sin reloj

El banco de madera pintada en verde, los árboles, las ramas caídas, el sol colándose por las ventanas que dejan los pájaros cuando pasan y el vacío.
El silencio inunda la atmósfera.
Llega él. Llega ella.
Él desde el lado izquierdo de la vida, ella apuesta por la falda en la solapa.
Se sientan y hablan de las profundidades. Lo que sus océanos tienen dentro y lo que hacen las olas cuando les da por visitar otros ojos.
Se cuentan, se abren, se expanden, se vierten.
El banco ya no es banco, ni el tiempo pasa ni las ventanas tienen puertas que se cierran.
Hablan, miran al frente, se derraman.
Hay un clic en una parte del cerebro, bajan al suelo, tocan el césped con los dedos de los pies desnudos.
Ha llegado el momento de convertir el océano en rutina, las olas en horas, los pájaros en ruedas de coche y las ramas en abanicos para el calor del sur.
Se va él. Se va ella.

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