jueves, 21 de julio de 2011

Me invento historias de amor

Laura va sentada en el cuadro de la bici negra que compró para eso. En el centro comercial el dependiente le hablaba de marchas, velocidades y pedales antideslizantes. Él sólo miraba el triángulo donde las piernas de Laura se apartarían del suelo.
Tiene 5 años y él la ama como nunca ha amado antes.
Su pelo, sus ojos, los labios y los besos de hormiga como ella llama a los besos poderosos le siguen pareciendo un milagro.
Sólo quince días al año para olvidarse de juzgados, de pleitos, denuncias y encuentros con abogados trajeados que hace mucho tiempo que vieron el mar.
El mar que quiere enseñarle y las montañas y el cielo que les cabe en el paladar. Qué corto es el tiempo para que quepa el amor y qué intenso el sol cuando pasean sobre el asfalto, sobre la bicicleta huesuda, sobre cajas de cartón.
Y ella que no entiende ni sabe de poemas ni versos ni prosas.
Mateo vuelve a ser un niño sin frenos y un adulto encerrado bajo la calva que empieza a asomar entre los pelos. Se ríen frente al espejo, él le pide a Laura su melena y ella ría dejando caer su flequillo sobre la frente de Mateo.
Ella merienda, ella juega, ella duerme.
Él la mira, la vuelve a mirar y se relame los dientes como león que protege a su cría.
El amor en bicicleta, el amor en carrera hacia todas las metas.
Le enseña los colores con los semáforos, los números con las señales, quiere contarle que la vida es un milagro como todas esas palabras que les dan vueltas por la boca antes de pronunciarlas.

Tal vez ella ahora no lo entienda pero él está decidido a llenarle el corazón de lunas llenas.

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