viernes, 24 de junio de 2011

Cuentos de esos que inventas y que casi acabas creyendo

El otro día me acordé de todos esos sitios donde íbamos a hacer el amor, recuerdas?
Querías por la noche cuando el sol repicaba las doce del mediodía, y querías la luz del día cuando a cenicienta la reclamaban en su aldea. Siempre me preguntaba por qué hablabas tanto y tan bonito si luego no hacías ni mucho ni menos, sólo un cero en la frente como regalo de aniversario. Recuerdas? El probador, y la playa, los asientos del metro y el bar de la esquina. Al final sólo había un sofá malgastado de tanto mirarlo y no tocarlo. Y yo preguntándome dónde tenías guardado el final del cuento, la última página, el the end de las pelis. Y tú que no, que era mentira, que me querías y me amabas, sólo es que estabas raro. Raro te llamaba ella, aunque eso sólo lo supiera el día que a uno de los tres le dio por descolgar el teléfono y joderme los días de invierno. Era agosto, recuerdas? pero yo pasé más frío que los esquimales que salen en los documentales de la tele. Te quise. Te quería tanto que jugaba a mentirme delante del espejo, fingiendo que a veces las horas se meten en los cuerpos de los humanos y lo alborotan todo sin tener un motivo. El motivo se llamaba Eva, la del taller de teatro, tan bien se os daba actuar que se te olvidó ser quien siempre fuiste conmigo. Aquella sinceridad que vendías al principio, las verdades taladrándonos los días, recuerdas? Y yo asentía, como salida de un cuento de hadas, creyendo que a los hombres, cuando miran a los ojos, les puedes ver el alma en transparencia. Yo sí te fui transparente, pero a mí no me costaba serlo, tan transparente que después de irte con ella se me veían los huesos si me mirabas a contraluz. Claro que tú ya no volviste a mirarme, me miraban ellos, los fantasmas que se me aparecían todo el rato. Qué malo es el miedo. Creí que nunca podría despegarte del pasado, que ibas a estar ahí para siempre, en el centro del pecho, entre el colgante de cuero que me regalaste y el corazón de acero que ahora luzco y del que presumo. Ya no soy aquella, me hiciste ser otra, y quería darte las gracias. Dile a Eva que el día que le digas, en la ducha, que no sabes qué ocurre pero que estás raro, habrá acabado una etapa, habrá empezado tu aburrimiento y en ella la desdicha. Con lo fácil que es decir ya no te quiero.

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