jueves, 17 de marzo de 2011

Abría el tercer cajón de nuestra vieja cocina color marrón clarito con el pie derecho. Luego apoyaría el izquierdo, una vez que mamá había limpiado su pulcro zapato color negro cuervo. Yo los veía desde el salón, teníamos una ventana entre ambas estancias, él mismo hizo la obra, así mamá se ahorraría los once o doce pasos dirección derecha que separaban los fogones del destino llamado mesa, donde cada día disponía en un perfecto orden de alineación los ocho platos llanos, los ocho platos hondos, los ocho vasos y los ocho cubiertos que nos servían para, entre otras cosas, diferenciarnos de otros animales a la hora de las comidas, cenas y meriendas.
Quizá estáis pensando que tras alzar la pierna derecha culminada en zapato barato, mi padre esbozaba alguna palabra para que mi madre cogiese el trapo, la crema y el cepillo de la caja del trapo, de la crema y del cepillo que teníamos en el patio, no, lo curioso es que ese sólo gesto era la orden y el mandato. Pie arriba, trapo en mano.
Y yo pensaba, con la ventana como trinchera, en los perrillos descalzos, en los esclavos de las películas de romanos, en los látigos de los domadores del circo ese donde una vez me llevaron. Eso pensaba cada mañana de lunes, y de martes y de hasta el viernes cuando mi padre subía el pie derecho al tercer cajón de nuestra cocina con azulejos horteros. En eso.

1 comentario: