martes, 29 de marzo de 2011

El Hechizo está roto

Justo cuando las cosas van a mejorar, empeoran tanto (¡tanto!) y tanto más cuanto más van a mejorar.
El hechizo está roto. Miras al momento a  los ojos y le defines, o el momento te define a ti. Y a mi no me gusta que nadie me ponga etiquetas. Ni  limitaciones. 

El hechizo está roto.

Decimos en voz alta las palabras que tanto tememos, sólo para escuchar su sonido en el aire. Y comprobar como se disuelven en el éter que nos rodea para conformar parte de nosotros mismos para siempre. O las callamos y dejamos que se pudran bajos los tablones del suelo, ignorando como huelen. Pues a todo olor se acostumbra el ser humano.

¿ Decimos las palabras que tememos y las dejamos fluir entre nosotros? ¿ O nos miramos a los ojos los unos a los otros como si no pasara nada, y la vida fuera buena, y todas las cosas que están ocultas a los ojos no existieran?

Decimos las palabras escondidas y ponemos nombre a las cosas que tememos, ¿ o las dejamos escondidas para siempre? entre las historias que nunca se repiten en voz alta, las ideas que sólo de pensarlas hacen daño,     los recuerdos que espantamos con las manos, como si fueran mariposas feas, o polillas.

Si decimos las palabras ocultas en la noche, es posible que nada después tenga cabida. Que las cosas que están posadas sobre el polvo milenario, salgan volando para siempre por las ventanas abiertas de repente, que todo lo que parecía inamobible pegue el salto de rana y se sumerja en el estanque verde, que nada nunca más vuelva a ser reconocible y no haya lugar alguno al que retornar seguros en la noche, cuando nos ronden  pesadillas .

Escucha las palabras escondidas, no las espantes. Shh, no las espantes. Permite que sigan susurrando a nuestro oído.

Shh. ¿ Decimos ahora las palabras escondidas?


Para Wiz.

jueves, 24 de marzo de 2011

Inside Job

Esforzarme en perfeccionar mi técnica para ser una ser humano irreprochablemente perfecto me consume la mayor parte del día. Es normal, no me da tiempo a fregar los cacharros.

jueves, 17 de marzo de 2011

Abría el tercer cajón de nuestra vieja cocina color marrón clarito con el pie derecho. Luego apoyaría el izquierdo, una vez que mamá había limpiado su pulcro zapato color negro cuervo. Yo los veía desde el salón, teníamos una ventana entre ambas estancias, él mismo hizo la obra, así mamá se ahorraría los once o doce pasos dirección derecha que separaban los fogones del destino llamado mesa, donde cada día disponía en un perfecto orden de alineación los ocho platos llanos, los ocho platos hondos, los ocho vasos y los ocho cubiertos que nos servían para, entre otras cosas, diferenciarnos de otros animales a la hora de las comidas, cenas y meriendas.
Quizá estáis pensando que tras alzar la pierna derecha culminada en zapato barato, mi padre esbozaba alguna palabra para que mi madre cogiese el trapo, la crema y el cepillo de la caja del trapo, de la crema y del cepillo que teníamos en el patio, no, lo curioso es que ese sólo gesto era la orden y el mandato. Pie arriba, trapo en mano.
Y yo pensaba, con la ventana como trinchera, en los perrillos descalzos, en los esclavos de las películas de romanos, en los látigos de los domadores del circo ese donde una vez me llevaron. Eso pensaba cada mañana de lunes, y de martes y de hasta el viernes cuando mi padre subía el pie derecho al tercer cajón de nuestra cocina con azulejos horteros. En eso.

domingo, 13 de marzo de 2011

State of Love and Trust

Dice El Lagarto que todo empieza mañana. Todo. Siempre.

Dice Nebroa que es mejor parar esto antes que de que tanto crezcan las ganas de que llegue, explote algo por dentro.

Y yo digo que de tanto esperar a que mañana empiece y de tanto desear que llegue, esto empieza a parecerme demasiado corto.

Ahora cambio de idea, ahora  quiero ver que pasa si lo quieres todo hoy. Todo.

Y hacer cada día una cosa que me gusta. Sólo una, al menos una. Y dejar de rabiar.

Miro la pantalla en blanco, se han ido las musas y las otras, me quedo sola bebiendo el agua con sabor a sopa, en invierno el agua siempre sabe a sopa. Y me hago un cigarro, y luego otro, y fumo más que nunca, será porque me he pasado al de liar, y tardo en liarlos, y hasta pienso en dejarlo de lo que me cuesta hacerme uno. Pero no, fumo más. Y salgo menos. Y la echo de menos. Y lo echo de menos, al otro, al que nunca llegó. Y me gustaría escribir cosas bonitas, de esas que taladran, y no sale nada, sólo salen trocitos pequeños de la ana más pequeña. Y eso que hoy tenía todas las ganas del mundo mundanal metidas dentro. Y me dolía el pecho sin dolerme. Le preguntaba a Eme si se me pasaría? Y ella me preguntó, quiéres? Y le dije que sí. Porque si tienes todas las ganas del mundo mundanal dentro del pecho, el pecho puede explotar. Y luego se llena todo de no sé qué, pero no debe ser muy cómodo. Cómodo. Yo no quiero que mi vida sea cómoda. Hombre, incómoda tampoco, la verdad es que no sé lo que quiero. Amor. Pero a mí esto ya me suena a repetición, y a ver si es que no quiero eso y por eso no llega. He decidido que voy a centrarme. Claro que en mi centro cabe medio universo. Así me va. Es lo que tiene tener las tetas grandes, ves? Que te cabe el planeta en el pecho. Aunque ahora son más pequeñas, me lo dijo el otro día un ex-churri. Y otro me dijo que me estaba quedando sin culo. Dónde hemos llegado, treinta y cinco años y sin tetas ni culo. Qué vida más cruel.

martes, 8 de marzo de 2011

-No puede haber amor entre nosotros, dijo mientras aplastaba el cigarro de liar en la pared donde yo apoyaba la planta del pie derecho, poniéndome rockera, chula y déspota frente a su pelo.
Creo que ya hay amor entre nosotros, el amor tiene muchos peldaños, está el amor chiquitito, del mismo tamaño que tú, que me empuja a besarte aun cuando no quiero que me beses mañana. O tal vez sí, en un mañana pero de la semana que viene. Puede que no navegue en poemas y versos cargados de ti, pero tengo trocitos de amor rodeándome la boca. Y a veces te los doy, sólo por fuera. Y algunas madrugadas parece nuestro y no sólo mío. Cuando me doy la vuelta y tienes mi nuca en los labios. Ahí te quiero. Lo malo es que no tenemos un te quiero diferente para cada estación. Suena igual y sin embargo ya sabes la diferencia.
El amor eterno puede durar dos días de invierno y seguir siendo amor.