lunes, 7 de febrero de 2011

Lo rompió en pedacitos y los dejó caer por la ventana. Parecían cometas. El folio blanco, en el sobre blanco, en sus manos blancas se había convertido en un montón de paracaídas diminutos sobrevolando el cielo que recorre el cuarto a del suelo del fondo. Las letras negras, la noticia negra, en su alma negra no volaban. Eso se le había quedado dentro. Taladrándole la parte más rígida del cuerpo. El esternon. Llegando al corazón, a la mitad de donde dicen que duerme el alma y a las íntimas zonas donde nadie llega si no quiere llegar. Y quería borrar el presente con goma de borrar, y quería salir volando con alas de volar, y dejar de llorar con esas malditas lágrimas de llorar. Pero no hay botón de vuelta atrás. Y hay días que deberían desaparecer. Y sin embargo se convierten en los únicos días importantes. Los que transforman tu vida para ese siempre eterno al que nadie quiere llegar.

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