viernes, 8 de octubre de 2010

Tiene tan hinchado el esternón que por más que acaricies el corazón enclaustrado apenas habrás conseguido alterarle uno de los pelos que le cuelga de los pies... Suele mirar a otro lado cuando le miras, y darse la vuelta si le hablas, como si viniera el viento a contarle brisas cada vez que tú abres la boca. O las piernas. Le resbalan los besos y los lamidos... Frío como el invierno en el polo norte, se instaló allí hace meses, y sólo van a visitarle las sombras que deja pasar... Y así llegué, hecha sombra a arañarle las puntas de las uñas, el final del cabello, las afueras de la historia. Y te la cuenta, y te la escribe, te la susurra y te taladra los oídos haciendo muecas invisibles para que tú calles y él se abra. Así. Como un cuento en el que tú no eres nada más que media página a punto de caer hacia atrás. No tiene puertas ni accesos. Cerrado. No sé si será por derribo o si el cerrojo se lo comieron sus propios sueños. Ni sé lo que espera, ni sé lo que quiere. Igual tampoco él lo sabe. Se va alejando con sus propias señas, y cuanto más se aleja, más pequeño lo veo yo. Refugiado. Rodeado de un muro de dos por dos que lo deja dentro y expandido. Él abierto dentro de las cuatro paredes, y yo encerrada con el universo como límite...
Que me han cerrado el mar de la esquina

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